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jueves, 23 de diciembre de 2010

Desde Cuba

UNA FAMILIA, UNA TRAGEDIA
Por Ernesto Morales Licea
Las fotos

La Historia:

Hace apenas unas horas, un acontecimiento estremecedor tuvo lugar en mi Bayamo semi invernal: aproximadamente a las siete de la noche de este miércoles 22 de diciembre, el joven de 34 años Alexander Otero Rodríguez apareció en una céntrica esquina de la ciudad, acompañado de su esposa de 18 años, Aliuska Noguer Tornés, y su bebé de 48 días de nacido.

Junto a él, un familiar y un amigo.

En cuestión de minutos levantaron una choza de fibrocemento, sujeta por frágiles tablas, en un solar yermo ocupado antaño por una tienda de víveres. Extendieron en el suelo -rodeado de hierbas- el desvencijado colchón que traían a cuestas, y se alistaron para el vendaval.

Alexander Otero acababa de dar el paso más arriesgado de su vida, el más desesperado: reclamar públicamente su derecho a una vivienda digna para él y para su humildísima familia.

No tardaron en aparecer los funcionarios públicos, políticos, y del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) cuestionando aquella covacha negruzca en la que de repente se instalaban dos personas con un recién nacido. La respuesta de ambos jóvenes era la misma: “De aquí no nos movemos hasta que alguien le ponga fin a lo que estamos viviendo. Llevamos meses vagando de un lugar para otro, no tenemos casa, y desde que nació nuestro hijo estamos durmiendo a la intemperie”.

No tardaron en aparecer, tampoco, los curiosos, y los vecinos solidarios que de repente se quedaban sin habla al advertir lo que aquellas personas estaban protagonizando; ni tardó en aparecer el informante o miembro de los servicios de inteligencia que, infeliz, pretendió evitar que yo filmara el suceso y tomara imágenes del mismo.

Repito: infeliz hombre, que jamás imaginó –como jamás imaginé yo tampoco- que una multitud de decenas de bayameses se virarían en su contra, casi expulsándole, y mostrándole un enorme desprecio por su repentina “salida del closet” como ciudadano represor.

Según palabras de Otero Rodríguez, esta acción era el punto culminante de una espera inhumana que había comenzado hacía 11 años, cuando solicitó por primera vez un pequeño espacio para construirse un hogar. Desde entonces, el Departamento de la Vivienda le conmina a que siga esperando mientras, afirma, se destinan terrenos inmensos para las casas de funcionarios gubernamentales y militares de la región.

“Desde hace meses que Aliuska y yo hemos vivido como nómadas, alquilándonos una noche en un cuartucho y otra durmiendo en una Terminal de Ómnibus. Cuando nació nuestro hijo, solicitamos atención por parte de las autoridades, por nuestra situación (sin hogar y con un bebé), y lo único que hicieron fue vendernos estas planchas de fibro y siete bolsas de cemento, sin darnos autorización para construir en ningún lugar”.

Luego de salir del Hospital Materno, los tres habían seguido durmiendo a la intemperie.

“En parques, en terminales, en portales de casas. Hemos tocado a las puertas del Órgano de Vivienda, hemos ido a la sede del Partido, y todos, absolutamente todos, se han desinteresado de

nuestro caso. Nos repetían que la ayuda –vendernos el fibro y las bolsas de cemento- había terminado ahí. Por eso ahora de aquí no nos mueven con vida”.

A las 9 de la noche, con una multitud considerable apoyándoles firmemente, ambos padres desafiaron a burócratas del Órgano de Vivienda, al Presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular, y al puñado de funcionarios que se atrevieron a cruzar el cerco de vecinos con estos fines.

Las palabras de Alexander Otero fueron siempre las mismas: “Hasta que no pongan en mis manos un terreno donde poderle construir una casa a mi familia, de aquí no me sacan vivo, y los responsabilizo con la vida de mi hijo si intentan sacarme a la fuerza y el techo se nos viene abajo”.

Quiero hacer patente lo más emocionante, lo que a las cuatro de la madrugada me tiene escribiendo como un poseso, todavía excitado por lo que pude presenciar: el irreductible apoyo de treinta, cincuenta personas vecinas del lugar, que no sólo les dieron sábanas, comida y bebida, sino que en un acto de valentía pública -jamás visto por mí en mi entorno- no vacilaron en denunciar a sus dirigentes corruptos, no vacilaron en respaldar con sus propios puños la decisión de aquel joven, y no se sintieron amordazados ni siquiera cuando el agazapado represor pretendió bloquear mi cámara fotográfica.

Creo que es hora de que yo mismo empiece a reconsiderar lo que hace apenas dos días publiqué en este mismo blog sobre el miedo ancestral de los cubanos.

“Basta de mentiras, de dirigentes ladrones. Basta de que la única vía de escapatoria en este país sea la emigración. Yo soy cubano y no me quiero ir de mi país”, fueron otras de las palabras de Otero Rodríguez. “No soy yo quien debe irse de este país: los que tienen que irse son los que provocan cosas como esta, injusticias como esta”.

Una de las opciones que los jóvenes padres debieron rechazar fue la de una ambulancia, enviada por las autoridades, para trasladar a la madre y al pequeño hasta un hospital.

“Mi hijo ahora no está enfermo. La enfermedad de mi hijo es que no tiene casa. El más enfermo soy yo mismo, que tengo una úlcera estomacal grandísima, y no pienso moverme de aquí.

También el Presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular, Arturo Pérez Sánchez, se personó en el lugar, manifestando que “actos como este eran muy dañinos, eran los que tumbaban a la Revolución” y luego de pedirle a la población que se retirara para conversar a solas con Alexander Otero –petición desaprobada por las masas, e incumplida – se comprometió con éste a evaluar su caso en las primeras horas de la mañana.

“De todas formas, repitió Otero, sin un documento firmado no salgo de aquí. Demasiado bien conocemos las promesas falsas. Apenas yo salga me tumban esto, y a dormir en la calle otra vez”.

A partir de la mañana de este jueves 24 de diciembre, estoy seguro, la vida de este padre de familia, asfixiado por la ineficiencia, la indolencia, y la miseria a la que le han condenado, cambiará drásticamente en un sentido o en otro: recibirá, quizás, un lamentable sitio donde levantar “legalmente” esta misma covacha; o será expulsado de alguna forma de su trinchera, y recibirá penalización por su acto de rebeldía.

Creo que seguir de cerca este suceso, en lo adelante, será mi mejor manera de apretarle la mano a este bayamés valeroso, junto con tantos vecinos solidarios, y decirle que no está solo. Desde luego que no.

Tomado de http://elpequenohermano.wordpress.com/